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martes, 23 de agosto de 2011

Una biografía revela los obstáculos que tuvo que superar María Moliner





Inma de la Fuente analiza en 'El exilio interior' la vida de la lexicógrafa aragonesa "He querido evitar el tópico de una señora ama de casa que escribe el diccionario" Tardó quince años en escribir los dos tomos de su 'Diccionario de uso del español' "Influyó el que fuera mujer, una mujer que cuestionaba el diccionario de la RAE" "Tenía una gran ambición intelectual, algo que se le negaba entonces a la mujer"



En el reservado de un discreto restaurante del Madrid noble, Inma de la Fuente charla con un reducido grupo de periodistas. Con su voz aniñada y su decir quedo, habla con la minuciosidad de una profesora que se sabe bien la lección y que transita por caminos que conoce bien. Ha publicado la primera biografía de María Moliner, El exilio interior, con la editorial Turner Noema, y habla de su protagonista como quien habla de sus antepasados, con precisión y sin caer en la elegía. Su voz fuerza el silencio atento del comedor y apenas es interrumpida por los comensales para pedir alguna aclaración. Los entrantes:

"He querido evitar el tópico de una señora ama de casa que escribe el diccionario. María Moliner es una figura clave del siglo XX, una señora que hace un diccionario que actualiza todos los términos del de la Real Academia, ella sola, y que, además, como vivió en el franquismo y estaba casada y tenía hijos, pues era ama de casa. Porque también era bibliotecaria, es decir, era una profesional que hizo un diccionario.

¿Cuántos años empleó en hacer el diccionario?

Empieza en el 52, aproximadamente y publica el primer tomo en el 1966, a finales de año, y a principios del 67 saca el segundo. Pongamos quince años.

¿Y por qué no fue bien recibida por los académicos?

Porque era una intrusa, en cierto modo. Porque estudió historia en la universidad de Zaragoza, pero había encarrilado su vida por el mundo de los archivos y bibliotecas y no estaba considerada filóloga. En aquel momento sí que influyó el que fuera mujer. Una mujer que se pone a hacer un diccionario, pero no el diccionario que inicialmente quería hacer, sino un diccionario que además cuestionaba el de la RAE. Creo que fue admirada, pero no valorada.

¿Como si el diccionario lo hubiera hecho en ratos libres?

No era un hobby, era su vida. Llega un momento en que ella se involucra tanto... a partir del 1955 el diccionario ocupaba casi el 90 por ciento de su vida. Y por otra parte María Moliner, y esto se ve ya en las cartas primeras, es una mujer que tiene un proyecto de vida intelectual y que tiene unos deseos de realizarse profesionalmente. Es cierto que encarrila su vida a través del cuerpo de archiveros y bibliotecarios y que como funcionaria tiene que ir un poco a los destinos profesionales que le marcan, pero tiene sus preferencias. Encuentra la horma de su zapato, que son las misiones pedagógicas, que es donde halla una identificación entre la labor que desarrolla y ese proyecto cultural de la República.

Llegan los primeros platos. Unas consultas sobre los vinos. La conversación se interrumpe apenas unos segundos.

"Mi aventura ha sido abordar a un personaje al que respeto muchísimo y con el que no podía novelar demasiado, por ese respeto y porque es una figura sobria que por sí misma se define y que por tanto no permitía demasiadas licencias. Me esforcé por dotarla, a pesar de todo, de lo que yo creo que era su verdadera personalidad: una mujer con deseos de aprender, una persona que se está reinventando constantemente, puesto que estudia inicialmente con muchísimas dificultades, haciendo el bachillerato casi sola, con una gran capacidad para fijarse metas y luego con una gran ambición intelectual, una ambición que entonces se le negaba a la mujer. Se pensaba que con ser abnegada y con estar entregada –la dedicación a las palabras nadie se la discute, los logros de su diccionario, la sorpresa que causó, la envergadura de la empresa, nadie se los discute– era suficiente y por eso, esa mujer recoleta era la imagen que nos iban difundiendo. Claro, era recoleta porque era una señora que estaba en su contexto, en su época y en su mundo. Pero tenía una gran ambición intelectual porque, aunque ella decía en plan chusco que ella era tenaz porque era aragonesa, que nunca habría terminado el diccionario si no hubiera sido una tozuda y una bruta, su motor era dejar una obra, su ambición es real".

¿Lo del ama de casa viene un poco por culpa del obituario de García Márquez?

El artículo de García Márquez es importante, porque es el reconocimiento de una personalidad muy relevante en el cual viene a decir que es el diccionario desde luego que él usa, el más divertido, el más completo, "el más acuciante", por usar sus palabras, de la lengua castellana, para él mucho más completo y útil que el de la propia Real Academia. Es decir, el artículo ha sido muy citado y es muy importante para lo que es Moliner y su diccionario. Lo que pasa que García Márquez se apoya en los datos del hijo menor y de personas del entorno y da una imagen demasiado familiar e intimista, demasiado de interior, una imagen reduccionista que creo que no es la imagen que se merece María Moliner.

¿Por qué escribe el diccionario?

Ella como bibliotecaria que era, cuando viene a Madrid en 1946 empieza a tener un rato por las tardes que quiere llenar. Tiene algunos proyectos y dado que siempre había pensado que los españoles no empleamos ni sacamos el partido adecuado a nuestra lengua, empieza a plantearse hacer un diccionario. Como tenía un bagaje, porque conocía muy bien el diccionario de la RAE de la época universitaria, se ve tentada a actualizarlo y a definir de nueva planta las acepciones. Y se va complicando. Utilizaba la máquina de escribir, utilizaba mucho unas fichas que no está muy claro de dónde las sacaba o si las elaboraba ella artesanalmente. Una vez que tiene ya bastantes fichas le llega la noticia a Dámaso Alonso, que convenció a los cuatro editores de Gredos, como director que era de la colección principal, de que el proyecto merecía la pena, a pesar de que la apariencia era una caja de zapatos con un montón de fichas. Leyendo las fichas vieron tal erudición que se embarcaron en la aventura.

¿Y después?

Firma un contrato con Gredos en 1955, creo que esto no se había publicado hasta ahora. Van recibiendo sus fichas, las van preparando para luego componerlas, pero como se dilató tanto, se tuvieron que componer por segunda o tercera vez; eran los medios mecánicos de entonces. Ella dirigía el proyecto, e incluso, como era una mujer muy segura de sí misma, defendía sus cosas, tenía sus conversaciones con el primer corrector de Gredos, Del Campo. Conocía por su nombre al linotipista, le llevaban a su casa pruebas, y recuerdo una anécdota: Moliner va introduciendo en su diccionario temas gramaticales. Es lo que lo hace tan personal y ambicioso, pero a la vez es excederse, no necesitas ese tratado. Pero ella lo regala, porque es desmesurada. Entonces había un linotipista, al que le agradece luego en el diccionario su trabajo, que llegó un momento que estaba desbordado de tantas correcciones, añadidos y clarificaciones y hubo una crisis en la imprenta. "Yo es que voy a ponerle a doña María una nota para decirle que no haga más cambios porque nos va a volver locos y humanamente esto no puede ser". Uno más veterano le dijo, "tú verás, pero escribirle una nota a doña María yo no lo haría, porque además, con lo que te quiere, se va a llevar un disgusto". No la llegó a enviar.

¿La salvó el carácter?

Sí, era muy expeditiva. A pesar de que tenía una formación superior, en sus cartas se ve que no escribía para la posteridad, va al grano, quiere hacer cosas.

Sobre su férrea lucha contra el analfabetismo


Al abandonar su padre a la familia en un viaje a Buenos Aires, Moliner comienza a ganarse la vida dando clases a su compañeros de estudio. En 1922 saca las primeras oposiciones al cuerpo de archiveros bibliotecarios. Destinada a Murcia, se casa con un catedrático de Física y se traslada a Valencia donde consigue 150 bibliotecas rurales como directora de misiones pedagógicas. El gobierno republicano en guerra la toma como figura clave de su política bibliotecaria, pero el franquismo frenará su carrera. Trasladada a Madrid para que sus hijos estudien, se refugia en la biblioteca de la escuela de ingenieros, su final como bibliotecaria.






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