Moliner@sEtiquetas

actividades (144) Adela poetisa (2) Alessandra Bochetti (3) Alfred Dominguez (5) Alma Viva (2) Aloma (1) alumnado (16) Amparo Vico Garcerán (3) Ana Oliver (1) Ángela Escribano Martínez (16) Ángeles Cozas (2) Angels (1) Anna Mª Penu (6) Antonio Benaches (1) Asela Cabrera (1) bibliografia y enlaces de interes (3) bibliotecas (1) Bienvenida (1) Campaña escola (2) campañas igualdad (1) Carles Fons (5) Carles Fons Poquet (2) Carmen Castro (9) Carmen García (2) Carmen González (1) Carmen Tomas (2) Cecilia Silva Ramos (1) Christian Felber (1) clausura (10) Concha Martínez (39) Consuelo Barea Payueta (1) convocatorias (6) crisis (1) Cristina Aranda (5) desigualdad (1) discriminación (2) Dolors Tarin Belda (2) Dolors Tarín Belda (1) Elena Simón (1) Empar Martínez (1) Empar Navarro (2) Empoderamiento (10) Encarna Comes (1) escritoras (1) escuela itinerante (5) Esperanza (1) Euromed Seminar (7) Evangelina Gª Prince (1) exposiciones (1) felicitación (2) Fina Ferriols Raga (7) Fina Sanz (1) Historia (1) igualdad (8) inicio curso (14) Isabel Lozano (1) Isabel Pérez (1) J Bautista Sanchís (1) jornadas (1) Julia Sevilla (3) La Mar Salá (2) Laura Conejos (2) Laura García Guardado (9) Laura Lau. (1) legislación (1) Lideresas (24) Literatura (8) Lluci LaTorre (1) Lucy Polo Castillo (2) M Martínez (1) Mª Ángeles Bustamante Ruano (14) Mª José Barahona Gomariz (1) Maite Sarrió (5) Marcela Lagarde (2) María Brazoban de los Santos (2) María Dolores Raigón (3) María Mar (4) María Marti (2) María Molero Marañón (1) María Moliner (4) María Pazos (3) Mariana Urueña (1) Maribel Cárdenas (1) Maruja (1) Matricula (14) Memorias (3) Miguel Lorente Acosta (1) módulo (5) Molinerasviajeras (2) Nuestrahistoria (1) Oliva Sabuco (1) Paloma Andrés (1) Paqui Mendez (3) Patricia Escortell Valls (4) Pilar Aguilar (1) Pilar Pérez (1) premios y mención (8) Prensaescola (4) profesorado (14) Programas (5) publicación (1) radio (3) Raquel Cabo González (1) Rebeca Torada Mañez (7) Referentes (5) Ricardo Carrión (1) Rosa Perís (1) Sara Berbel (1) Sergi Castillo Reboll (1) Soledad Heredia Gutierrez (1) Sonia Sempere (1) Susana Koska (1) Teresa López Martínez (1) Testimonios (5) trabajo-empleo (2) Violencia (24) Wendy Barranco (1) Xaro Alcaide (4) Xaro Altable (4)
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de agosto de 2011

El exilio interior. La vida de María Moliner por Inmaculada de la Fuente

María Moliner (1900-1981), conocida gracias al Diccionario que lleva su nombre, es al mismo tiempo una figura desconocida y en cierto modo invisible. Una montaña de palabras, las que fue anotando en fichas y agrupadas por familias etimológicas, han terminado por eclipsarla, aunque hayan contribuido también a reconocerla.


Si no hubiera sido condenada al ostracismo durante el franquismo, tal vez no hubiera tenido tiempo de abordar esta ingente tarea de ordenar el uso del español. Su historia atraviesa el siglo XX, siendo también la historia de una generación que en la década de los treinta era joven y ambiciosa intelectual y vitalmente. Una generación en la que las mujeres empezaban a sentirse cómplices de los cambios colectivos. Una generación que tuvo que “exiliarse”, muchos de sus integrantes fuera de nuestro país, y otros muchos, como María Moliner, en su propia intimidad, para sobrevivir tras la Guerra Civil.


Hasta hoy, sin embargo, nadie había emprendido seriamente la tarea de escribir una biografía como ésta, dando voz a la parte de su familia que la conoció (hijos, nietos), y poniendo en valor su figura dentro del contexto de la España de sus años. La autora consigue con este libro narrar la historia de un exilio interior, de una figura silenciosa que, en la intimidad de su hogar, consiguió crear una de las obras cumbre de la cultura española en el siglo XX, y cuya vigencia resulta hoy más clara que nunca para la actual generación de pensadoras, escritoras e intelectuales.


ÍNDICE
Presentación: La bibliotecaria que soñaba palabras
Primera parte
I. Una vida, un secretoII. Simancas, ida y vueltaIII. Los recuerdos se queman
Segunda parte: El exilio interior
IV. Se hizo de nocheV. El exilio interiorVI. Tiempo de resurrección
Árbol genealógico
Fuentes y notas
Bibliografía
Índice onomástico
Agradecimientos

EXTRACTO

La luz solar, esa luz temprana de todos los veranos, contiene
una señal. Una consigna tácita que María Moliner atiende sin
vacilaciones. Su aparición en la lejana playa anticipa el ritual diario
que se inicia en la casa próxima a la costa que habitan María
Moliner y su marido, Fernando Ramón, durante las vacaciones.
En poco tiempo la luz se extiende sobre el pequeño chalé
de la Pobla de Mont-roig, en Tarragona. En la vivienda apenas
hay signos de movimiento. Pero hay alguien que ya está en pie.
María Moliner se acerca con pasos rápidos al cenador, situado
junto al árbol que ella misma ha plantado, y toma posesión del
patio. Sobre la mesa, una gran rueda de cemento, se encuentra
el tapete que ha mandado colocar y que gracias a una cinta
elástica permanece liso y ajustado. Sin distracciones. Esa mesa
es su despacho estival. Aquí deposita sus útiles, su máquina de
escribir, esa vieja Olivetti Pluma 22 que la acompaña desde hace
años, sus fichas, algunos libros de gramática... Su tesoro, su memoria,
su porvenir. Todo bajo control. Antes de inclinar la cabeza
sobre las fichas y cotejar las referencias, pasea su mirada curiosa y socarrona alrededor de una geografía que forma parte ya de
su identidad. Hermoso lugar para quedarse a vivir, para soñar
palabras y trazar sus sombras y sus límites. Aspira el aire marino
que le llega de la costa, a un kilómetro de la casa; el aroma
insoslayable de la naturaleza que la rodea, la presencia latente
de sus nietos que, dentro de unas horas, despertarán para vivir
una jornada de playa o bicicleta. Siente todo eso, pero sobre todo
experimenta un silencio absorbente. Ya está en su burbuja interior.
Concentrada en su creación, en esa construcción en marcha
con tantos detalles por completar y concluir: nuevas fichas
y más entradas que exigen alargar textos acabados. Y todo lo
que tal ampliación conlleva: comprobar etimologías, completar
familias, ajustar catálogos…


jueves, 20 de mayo de 2010

Mujeres de Papel-UNED

viernes, 6 de marzo de 2009

Escritoras que no se rindieron

De izquierda a derecha, un fresco de Pompeya con el supuesto retrato de Safo; Virgina Woolf, Jane Austen, Rosalía de Castro y Colette

Lo dijo Safo (Grecia, 650-580 a. C.), la primera poetisa occidental conocida: "Alguien se acordará de nosotras en el futuro". De estas palabras nos separan casi 3.000 años en los que las mujeres han recorrido un difícil camino hasta llegar a esta actualidad, todavía atrasada y empeñada en subsanar la desigualdad con una @ que en realidad no cambia nada.

Las escritoras ejemplifican bien la lucha: muchas tuvieron que recurrir al seudónimo o, aún peor, tuvieron que sufrir la usurpación de sus obras por varones, a quienes parecía corresponder ese derecho.

No hace en realidad tanto que la autora de Una habitación propia (uno de los textos más usados por el feminismo), Virginia Woolf (1882-1941), dijo: "Pasará mucho tiempo antes de que una mujer pueda sentarse a escribir sin que surja un fantasma que debe ser asesinado".

Condenadas a esconderse

"No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma y repasar los calcetines de sus maridos". La gallega Rosalía de Castro (1837-1885), considerada precursora del feminismo, denunciaba de esta manera el injusto papel de la mujer escritora en su Carta a Eduarda (1866)

Hubo muchas escritoras que, determinadas por lo que Rosalía exponía en su texto, se vieron obligadas a ocultar manuscritos.

Es el caso de la obra Jane Eyre, cuya autora, la británica Charlotte Brontë (1816-1855), tenía que esconder entre las patatas que pelaba.

Ella y sus dos hermanas, Emily (1818-1849) y Anne (1820-1849), recurrieron a seudónimos de varón para poder publicar. Charlotte se escondió tras Currer Bell y sus hermanas adoptaron el mismo apellido y alias que mantenían sus iniciales: Ellis (Emily) y Acton (Anne).

Charlotte Brontë escondía su obra entre las patatas que pelaba

A pesar de sus esfuerzos por disfrazar su autoría, las editoriales rechazaban, como si pudieran adivinar la mano que tras las firmas se escondía, sus textos. Persistieron, y en 1846 salían los Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell.

Al año siguiente Cumbres borrascosas era aceptada, y Anne lograba también un buen camino para su Agnes Grey. Charlotte tuvo que aguantarse con el rechazo a El profesor, pero consiguió que Jane Eyre viera la luz.

Jane Austen (1775-1817) también se vio obligada a ocultar sus escritos cada vez que alguien se le acercaba. En su caso la ocultación venía dada por la vergüenza impuesta por una sociedad que condenaba a una mujer escritora, o peor aún: simplemente escribiendo.

La novelista británica hoy está considerada uno de los clásicos de la literatura. Algunos han querido ver conservadurismo en su literatura, pero es justo señalar lo contrario: revestida de una sutil ironía, la escritora cuestionó el papel de la mujer injustamente relegada.

El derecho era de ellos

"Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo... Únicamente alguno de verdadero talento pudiera despreciar necias preocupaciones; pero... ¡ay de ti entonces!, ya nada de cuanto escribes es tuyo... Tu marido es el que escribe y tú la que firmas...". También en su Carta a Eduarda, Rosalía de Castro declaraba un hecho que entonces era norma: ellos firmaban las obras creadas por sus mujeres.

Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo". Rosalía de Castro

La novelista francesa Colette (1873-1954) conoció de primera mano esta usurpación. Su marido no tuvo escrúpulo alguno a la hora de animarla a escribir sus primeras obras, la serie Claudine (1900-1903), para luego firmarla él.

Poco después Colette se divorció y empezó a reivindicar los derechos de la mujer. Fue elegida miembro de la Academia Goncourt en 1945; algo que la española Cecillia Böhl de Faber (seudónimo Fernán Caballero) no lograría pese a haber sido propuesta.

A Gertrudis Gómez de Avellaneda tampoco se le permitió la entrada. Emilia Pardo Bazán, muy criticada porque jamás quiso ocultar su identidad, tampoco pudo acceder a la Academia.

Caterina Albert (1869-1966) descubrió la crueldad del mundo editorial desde su entrada en 1898 con el monólogo La infanticida. El texto alarmó a todos por el tema, pero sobre todo porque era una mujer la que lo firmaba. Caterina Albert recurriría desde ese momento al seudónimo Víctor Catalá, personaje de una de sus obras. Quiso así apaciguar la polémica sobre su literatura, cuyo principal pecado estribaba en su extrema dureza, algo inconcebible e imperdonable para una mujer.

La Academia sigue siendo masculina

En 1874 María Isidra de Guzmán y de la Cerda era admitida en la Real Academia Española de la Lengua. Cuatro años después, en lo que parecía un buen augurio, se le permitía el acceso a Carmen Conde. En 1996 era nombrada académica Ana María Matute. En 2002 y 2003 se sumaban Carmen Iglesias y Margarita Salas. Llegamos hasta el presente, año 2009, y un dato que no necesita calificativo: frente a los 37 hombres, 3 mujeres.

Autora: Paula Arenas

Fuente: 20 minutos.es

Publicado por Anna-Maria Penu

jueves, 11 de septiembre de 2008

LIBRO: Mujeres de Temple de Sara Berenger

"La editorial valenciana L’Eixam, impulsada por el incombustible Rafael Arnal (escritor, editor y librero siempre a flote, pase lo que pase, siempre con sus ilusiones políticas en pie, por más cruda que sea la realidad), presenta en la 39 Fira del Llibre este bien editado libro de Sara Berenguer Laosa (Barcelona, 1919), hija de obreros que en la guerra civil ocupó cargos en el anarquismo político al tiempo que alternaba su militancia con labores de alfabetización como maestra popular.

La editorial valenciana L’Eixam, impulsada por el incombustible Rafael Arnal (escritor, editor y librero siempre a flote, pase lo que pase, siempre con sus ilusiones políticas en pie, por más cruda que sea la realidad), presenta en la 39 Fira del Llibre este bien editado libro de Sara Berenguer Laosa (Barcelona, 1919), hija de obreros que en la guerra civil ocupó cargos en el anarquismo político al tiempo que alternaba su militancia con labores de alfabetización como maestra popular.

Mujeres de temple reúne esbozos biográficos de 26 luchadoras por las libertades en tiempos de guerra, posguerra y épocas posteriores. Mujeres combativas no sólo en el plano ideológico, sino también en la lucha cotidiana contra el sexismo y el machismo, lastre ideológico, por no decir enfermedad psicológica, que anida muchas veces incluso entre los más aguerridos militantes de izquierda. Entre las semblanzas que nos ofrece la autora figuran los itinerarios de lucha y reivindicación mantenidas por la escritora Simone Weil (de la que se cumple el centenario en 2009), María Bruguera (alma de la revista Mujeres Libertarias), Ligia de Oliveira, Jeanne Rigaudin (militante malthusianista), Ana María Cruzado, Mollie Steimer (a la que dedicó un poema León Felipe) o May Piqueray ("en mi conciencia, anarquía significa: sin lucha de ambición, sin envidia del vecino…).

"Este libro va dedicado a todas las mujeres que lucharon por la libertad y la emancipación femenina", dice Sara Berenguer cerca ya de los 90 años, "a todas las que fueron humilladas, a las apaleadas, las presas y asesinadas por el franquismo, a las que cayeron en los campos de la muerte nazis y a todas las que sufren la opresión del machismo celoso y posesivo".

Fuente de la noticia

Post publicado por Pilar Perez

domingo, 4 de mayo de 2008

La marginación femenina en la cultura

Por qué hay tan pocas mujeres en el mundo de la cultura? Según un estudio que acaba de presentarse, de las películas españolas de los últimos años (2000-2006), sólo un 7% han sido dirigidas por mujeres (Fátima Arranz: Mujeres y hombres en el cine español).

El lenguaje nos enseña muchísimo sobre el valor que la sociedad patriarcal asigna a cada sexo
Una cultura que invisibiliza a las mujeres no perjudica a las poetas o compositoras, sino a todas
La lista de los libros más vendidos en España en una semana cualquiera (Abc, 29-3-08) incluye una mujer entre 10 en ficción y dos en no ficción: 10% y 20%. De las 43 exposiciones individuales organizadas entre 2002 y 2005 por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, sólo dos (5%) llevaban firma femenina (Manifiesto Arco 2005). En los medios de comunicación, aunque son mujeres el 46% de los profesionales, sólo ocupan un 24% de los puestos directivos (Informe Anual de la Profesión Periodística, 2006). En teatro, de entre los candidatos a los Premios Max de Artes Escénicas 2008, las mujeres son minoritarias en casi todas las categorías, especialmente directores (25%) y autores (19%) (www.projectevaca.com).
Antes del siglo XX, el hecho de que muy pocas mujeres fueran pensadoras o artistas no tiene mayor misterio: no tenían la educación necesaria. Pero son ya varias las generaciones nacidas, o al menos, formadas, en democracia; hay hoy más licenciadas universitarias que licenciados; y sin embargo, ni siquiera en los campos más feminizados -como la literatura, con décadas de mayoría femenina entre estudiantes y lectores- nos acercamos, ni de lejos, a un igual protagonismo. Llama la atención por ejemplo que los premios nacionales creados en 1977 apenas hayan reflejado evolución alguna: en sus 10 primeras convocatorias, el Nacional de Ensayo, de Poesía y de Narrativa sumaron 29 varones galardonados y una mujer (3%); en las 10 últimas (1998-2007), 4 mujeres entre 30 (13%).
Nos interesa fijarnos en la cultura porque es ahí donde mejor vemos cómo actúa un factor difuso, pero muy poderoso: la ideología patriarcal. Ahora bien: ¿cómo identificarla? Sería una grosera simplificación confundirla con la ideología de derechas. Pero si no se halla -o no sólo- en tal o cual catecismo o programa de partido, ¿dónde se formula?
En el lenguaje. El lenguaje nos enseña muchísimo sobre el valor que la sociedad patriarcal asigna a cada sexo, y que se basa en tres axiomas. Primero: el varón encarna todo el género humano (el hombre), la mujer sólo una parte. Ellos pueden hablar en nombre de todas y todos; ellas sólo se representan a sí mismas. Segundo: el hombre se define como un ser social, cultural (hombre de Estado, hombre de negocios, hombre público...), la mujer se identifica con la naturaleza (ser mujer significa menstruar), la sexualidad (mujer pública) y su relación con el varón (mujer=esposa). Tercero: lo masculino es visto como intrínsecamente positivo (hombre de pelo en pecho, ser todo un hombre...), lo femenino como negativo, como lo atestiguan las numerosas voces peyorativas que se aplican a las mujeres: pendón, arpía, maruja...
Lo cual se refleja con toda claridad en el discurso dominante. Véase por ejemplo el titular: Un islamista, su mujer y su hermana mueren en un atentado suicida (El Mundo, 30-4-05): la ideología niega la evidencia (tres personas mataron y murieron por motivos políticos) para sustituirla por sus categorías prefabricadas: el varón se define por su relación con instancias abstractas (un islamista), las mujeres, por su relación con los varones. En literatura, el campo que conozco mejor -pero estas observaciones son fácilmente extrapolables-, se habla de "literatura de mujeres", no para oponerla a la "literatura de hombres" (no existe esa etiqueta) sino para distinguirla de la "Literatura" a secas: lo masculino no es visto como masculino, sino como universal, mientras que lo femenino se interpreta como particular. Por eso, obras literarias excelentes son excluidas de los cánones: al haber sido escritas (y especialmente si son, además, protagonizadas) por mujeres, se ven, inconscientemente, como algo de interés puramente sectorial.
Estas consideraciones pueden servirnos también para aclarar un gran misterio. Si, como hemos visto, la participación femenina en la cultura es mínima (hay lectoras y espectadoras, desde luego, pero en términos relativos muy pocas escritoras, directoras de cine, compositoras...), ¿cómo se explica la insistencia de los medios en proclamar, a bombo y platillo, un supuesto triunfo? Citemos algunos titulares, todos de este periódico aunque podrían ser de cualquier otro: Los libros son cosa de mujeres. Leen más que ellos y dominan el mundo editorial (23-4-00), El cine es de las mujeres. Ellas toman el mando (1-2-04), La revolución musical de 2008 es cosa de chicas (8-2-08)... La clave nos la da una vez más la ideología patriarcal: si las mujeres son la parte y los hombres el todo, cualquier incremento de una mínima presencia femenina es visto, no como un avance hacia la normalidad (de la que estamos aún muy lejos, si por tal se entiende el 50%), sino como una anomalía. Que se espera pasajera, a juzgar por la palabra tan a menudo empleada para definir la nueva situación: "moda".
Digan lo que digan los medios, sabemos -cifras en mano- que la presencia femenina entre los agentes culturales sigue siendo muy minoritaria. ¿Y cómo, insistimos en preguntarnos, se perpetúa esa marginación, cuando ya hace tiempo que las facultades de artes y letras son mayoritariamente femeninas? Veámoslo con un ejemplo al azar: un artículo sobre la biografía como género, publicado en una revista de pensamiento (Letras libres, enero 2008). El texto, por lo demás brillante, contiene más de 60 nombres. Entre ellos sólo dos femeninos. ¿Es que no ha habido en la historia mujeres biógrafas o biografiadas? Si las ha habido, ¿es que no han alcanzado la excelencia que las haría dignas de mención? Y si no las ha habido, ¿por qué no las ha habido?... Lo importante no es tanto la respuesta que se dé a estas preguntas, como el hecho de que el autor del artículo ni siquiera las plantea. Después de eso, que en el índice de la revista en cuestión encontremos sólo 3 colaboradoras entre 36 (8%) ya no puede ser una sorpresa. Es decir, que la ausencia de mujeres entre los creadores de cultura produce unos contenidos que naturalizan, legitiman, la ausencia de mujeres, y viceversa.
Para romper este círculo vicioso, no basta que aumente, durante varias generaciones, el número de mujeres con estudios. No basta que cambie la realidad, si la ideología patriarcal no sólo distorsiona nuestra percepción de lo real, sino que actúa sobre la realidad, frenando nuestro avance. Así, las noticias antes citadas sobre un supuesto "dominio" femenino en el campo de la edición, la música o el cine tienen un efecto desmovilizador: cuando exigimos mayor presencia, nos contestan: "Pero ¿qué más queréis?"...
Si la exclusión o marginación de las mujeres en la cultura afectara solamente a las profesionales de la cultura, estaríamos ante un simple problema gremial. Pero sería un grave error verlo en tales términos. Pues una cultura que invisibiliza a las mujeres -o las ridiculiza, o trivializa sus preocupaciones- no perjudica sólo a las poetas o las compositoras, sino a todas. Cuando los políticos se preguntan, desesperados, qué se puede hacer para frenar la violencia de género, habría que sugerirles que no vayan sólo a los juzgados, sino al cine. Allí verán cómo en las películas dirigidas por hombres -no así, nunca, en las dirigidas por muje-res-, la violación y los malos tratos se presentan con frecuencia en clave de humor (Pilar Aguilar: Mujer, amor y sexo en el cine español de los 90). ¿Se imaginan que alguien hiciera lo mismo respecto al terrorismo?... Este ejemplo debería bastarnos para empezar, por fin, a darnos cuenta de que todo el esfuerzo que se está realizando en cuanto a malos tratos, igualdad salarial o paridad política, se arriesga a ser insuficiente -por no decir saboteado- si no nos tomamos en serio la igualdad en la cultura."
Laura Freixas, escritora, es autora de Literatura y mujeres.

miércoles, 16 de abril de 2008

Cristina de Pizán y su Ciudad de las damas


Si las mujeres hubiesen escrito los libros,

estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma,

porque ellas saben que se las acusa en falso

(Cristina de Pizán, Epistre au Dieu d’Amours, 1399, vv. 417-419)


Cristina de Pizán (1364-1430), veneciana e hija del astrólogo de Carlos V de Francia, reconocida poetisa, historiadora y moralista, puede ser considerada "el primer autor profesional" de la literatura francesa. Casada a los quince años, madre de tres hijos y pronto viuda, supo aprovechar la educación recibida de su padre. Adalid de su sexo, denuncia la misoginia −corriente en su época, en particular en los ambientes clericales.

La Ciudad de las Damas, que puede considerarse una clara anticipación del feminismo moderno, corona la obra de la autora. Deprimida por la lectura de una sátira misógina, Cristina se lamenta de haber nacido mujer. Aparecen entonces, para consolarla, tres enviadas de Dios: Razón, Derechura y Justicia. Con su ayuda, ella construirá una ciudad inconquistable en la que las mujeres estarán al abrigo de las calumnias. Las piedras de este bello edificio serán las mujeres del pasado, guerreras, artistas y sabias, enamoradas y santas. La argumentación sorprende por su modernidad: Cristina aborda los temas de la violación, la igualdad de sexos, el acceso de las mujeres al conocimiento… Desde esta perspectiva, aparece así como una obra fundamental para la historia de las mujeres y para el pensamiento occidental en el alba de los tiempos modernos.

“Sentada un día en mi estudio como en una celda, rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre”. Así empieza La ciudad de las damas (también traducido como La ciudad de las mujeres). Celda como espacio de enclaustramiento voluntario para la reflexión en soledad; estudio como lugar íntimo de recogimiento para el aprendizaje, y ambos como el primer paso hacia la conquista de un espacio propio donde desarrollar una actividad intelectual (el cuarto propio reivindicado por Virginia Woolf). El claustro del convento, las murallas de la ciudadela, la Ciudad de las Damas como baluarte para resistir el asedio de la violencia masculina, escrita o gestual, la metáfora de la mujer que se encierra para liberarse… elogios de mujeres independientes que rompieron vínculos familiares y escaparon de la autoridad paterna y/o marital para recluirse en abadías; algo que, por supuesto, tenemos que situar en la época (principios del siglo XV) recordando que aquélla solía ser la única salida para las mujeres que tenían pretensiones intelectuales o aspiraban a recibir estudios o, más simple aún, querían llegar a ser ellas mismas. Se nos escaparía el verdadero significado de la obra si nos olvidáramos del contexto en que está escrita, un contexto poblado de tabúes represores para la mujer: el de la mujer docta: las mujeres no deben hablar porque sus labios llevan el estigma de Eva; el de la mujer fuerte: las mujeres fuertes desafían la definición que les es propia − mujer-debilidad− si la mujer es fuerte es porque ha dejado de ser mujer.

El más valiente desafío de Cristina de Pizán acaso haya sido promover, elevar y levantar como una verdadera fortificación la imagen del cuerpo femenino, sano y hermoso, como fuente inagotable de confianza. La verdad de la experiencia de su propio cuerpo libera a la mujer y le permite reafirmarse frente a las patrañas pseudoteológicas urdidas por los predicadores

(Ideas extraídas del prólogo de Marie-José Lemarchand en la edición de Siruela de 1995)

Pizán, Cristina de, La ciudad de las damas, ed. de Marie-José Lemarchand, Madrid, Siruela, 2006.

Interesante la web: www.cristinadepizan.com


Post publicado por Pilar Pérez

jueves, 10 de abril de 2008

Doris Lessing

Rebeldía de Nobel Doris Lessing "Hombres y mujeres vivimos en mundos diferentes"

Texto de Xavi Ayén

"Doris Lessing, la más reciente Nobel de Literatura, habla con el Magazine de hombres y mujeres, de las dificultades reales de la gente, de la edad y del amor. Sus libros, los serios y los de ciencia ficción, recorren su universo, rico, cambiante, abarrotado. Con esta entrevista se cierra la serie que el Magazine ha dedicado a 14 premios Nobel de Literatura y que iniciamos en el año 2006 con José Saramago

Doris Lessing está prácticamente varada en estas habitaciones de la primera planta de su casa. Sus piernas no le permiten subir ni bajar escaleras. La máquina de escribir y su cama quedaron arriba

“Hombres y mujeres somos gente muy distinta. Es un gran error negarlo. Somos dos especies que intentan vivir juntas para no sentirse solas”

A través del televisor, ruge la marabunta. El festival hípico de Cheltenham es uno de esos acontecimientos que los aficionados británicos a las carreras de caballos esperan cada año con impaciencia. Nuestra anfitriona sigue emocionada las evoluciones de un corcel llamado Kauto Star, al parecer una especie de Zidane de la raza equina. En un determinado momento, parece salir de su abducción televisiva y pregunta: “¿A ustedes no les gustan los caballos?”. Y, decepcionada pero educadamente, agarra el mando a distancia que se escondía bajo un montón de periódicos y un abrupto fundido en negro interrumpe el salto del potro en el televisor. “Venga, empecemos la entrevista.” Enérgica y con una dicción propia de una actriz de teatro, la última premio Nobel de Literatura, la británica Doris Lessing, 88 años, recibe al Magazine con toda naturalidad, en bata y camisón de dormir, un día melancólicamente lluvioso, en su casa de tres pisos de Londres. Tras dejarse hacer unas cuantas fotos, se dirige a un alargado sofá rojo de skai, aparta un poco de él una sábana y una manta y ordena: “Usted póngase aquí, ¡a mi lado!”.

–¿Y esa sábana?

–Estamos sentados en mi cama, joven. Ahora duermo aquí por las noches, tengo la cama de verdad en el piso de arriba, pero hay que subir siete tramos de escalera para llegar a ella, y me duele tanto la espalda que me cuesta demasiado…

Empezamos hablando de su última novela publicada, La grieta, ambientada en la era de las cavernas y en la que narra cómo se encontraron por primera vez los hombres y las mujeres. Lessing explica que “hay científicos que aseguran que el primer ser humano de la Tierra fue una mujer, y que, por tanto, los hombres llegaron después. Sin entrar en si es o no verdad, era algo tan sugerente que, cuanto más pensaba en ello, más posibilidades le encontraba. Así, empecé a especular qué habría sucedido si las mujeres hubieran habitado solas la Tierra durante un largo tiempo, en una isla, con muy buen tiempo y con comida a su alcance, e ideé una comunidad primitiva exclusivamente femenina, donde ellas tenían la facultad de reproducirse sin el concurso de los hombres. Y, un día, de repente, nace el primero de ellos. ¿Se imagina? La contemplación de sus genitales debió de resultar, sin duda, un enorme shock para las mujeres, que debieron de ver con una mueca de repugnancia aquellos apéndices monstruosos, ignorando sus funciones. Así que, en mi libro, los bebés monstruo (así los llaman ellas) son llevados por las águilas a otra parte, y viven y crecen alejados de las mujeres –las grietas– hasta que, un día, un grupo de ellas decide emprender una expedición para llegar hasta ellos, los chorros”.

Rodeada de libros abiertos o cerrados, Doris Lessing lleva meses dedicada a atender las obligaciones de ser una Nobel

El libro se lee como una parábola que aborda temas como las diferentes concepciones del ocio, el trabajo y las responsabilidades entre los sexos, situando al hombre en un estadio más infantil, en un sentido no despectivo, pues el macho humano es visto como una criatura “maravillosa e inquieta”. La violencia de algunas escenas contrasta con el tono suave de cuento del conjunto, le decimos, y ella responde: “¿Le puedo contar una cosa sobre eso? Las reseñas dijeron: ‘¡Cuán desagradable resulta la mutilación de los niños pequeños, cuando las mujeres les arrancan el pene!’, e hicieron hincapié en la crueldad femenina, digamos que de algún modo los críticos literarios sintieron la mutilación del pito como propia. Pero lo curioso es que, al principio, cuando los chicos conocen a las chicas, describo una violación colectiva, en la que todo el mundo penetra a la mujer antes de matarla, ¡y nadie ha hecho mención de ello! Me pregunto si eso resulta menos violento que la mutilación genital de un hombre”. En cualquier caso, Lessing cree que “hombres y mujeres vivimos en mundos diferentes, no sólo en mi libro, sino en la vida real. Somos gente muy distinta. Es un gran error negarlo. Somos dos especies que intentan vivir juntas para no sentirse solas. Así es como lo veo”.

De repente, suena el teléfono. A diferencia de otros premios Nobel que hemos encontrado a lo largo de esta serie, ella no tiene asistentes para las labores de oficina. Siempre descuelga personalmente, como si fuera todavía la misma madre soltera que en 1949 llegó a un Londres gris y destruido por los bombardeos de la guerra mundial. Llevaba entonces a su hijo Peter en los brazos, el mismo que ahora, mientras hablamos, espera en la cocina. Ya no viven en pensiones, compartiendo planta con prostitutas, sino en una casa burguesa, muy británica, donde el toque anárquico lo dan los libros, que se amontonan en los rincones más inverosímiles de la vivienda, formando pilas que desafían la ley de la gravedad o apareciéndose en un tramo de escalera como si se estuvieran escapando de unas cajas de cartón medio llenas. En el salón donde hablamos, el sol ilumina a ratos el polvo volátil de exóticas alfombras y tapices, superpuestos en azarosos encabalgamientos.

Las peripecias familiares de Lessing pueden seguirse en sus libros autobiográficos, como En busca de un inglés (1960) –que se reeditará en mayo con el título Made in England–, Dentro de mí (1994) o Un paseo por la sombra (1997). Sintetizando, tras nacer en Persia de padres británicos y emigrar a los cinco años a Rodesia (hoy Zimbabue), se casó muy joven, tuvo un hijo y una hija, y después se divorció y se casó con Gottfried Lessing, una estrella del Partido Comunista, quien, tras darle otro hijo, Peter (a quien todavía cuida a causa de una minusvalía), la dejó por chicas más jóvenes. Lessing se fue sola a Inglaterra, con poco más de 100 libras en el bolsillo y el manuscrito de su primera novela, Crece la hierba, y abandonó a su anterior familia. Sucesivas experiencias le hicieron desencantarse del amor romántico idealizado, casi a la par que del comunismo. Madre soltera y sin dinero, trabajó de todo: telefonista, niñera, oficinista e incluso hizo de periodista, un trabajo que dejó porque “el director me decía las ideas que tenía que defender en los artículos, y eso es intolerable ¿verdad?”. Su hijo mayor, John, granjero, murió de un infarto en 1992, y su hija Jean vive actualmente en Sudáfrica. Aunque Peter está en la casa mientras hablamos, su madre no quiere que aparezca en el reportaje: “Tengo 88 años y cuido de un hijo enfermo, no es que mi vida sea lo que esperaba, pero, desde luego, no hablo de ello”.

Los libros aparecen por cualquier rincón de la casa, como en esta escalera que comunica la planta baja con la primera, donde vive

Lessing sigue donde ha estado siempre, al lado de los débiles, aunque con la edad haya desarrollado un caparazón de escepticismo con relación a las ideologías. “No me gustan los sistemas cerrados de pensamiento, yo renuevo constantemente mis ideas. Fui comunista hasta 1954 y me inculcaron la idea de clase obrera como una especie de ideal de pureza, un grial, un ideal platónico inalcanzable que yo perseguía yendo a las fábricas a trabajar, a ver si conseguía ser una obrera de verdad. Hasta que me di cuenta de que lo que existe en realidad es la gente, gente muy diferente, sencillamente, que se las tiene que arreglar con muy poco dinero para llegar a fin de mes. Eso es todo.”

Hace unos meses, visitamos a Doris Lessing en esta misma casa, pocos días antes de que se hiciera público que su estado de salud le impedía recoger el premio Nobel en Estocolmo, el pasado diciembre. Entonces, ya nos habló de sus problemas de espalda. “En realidad –revela ahora–, tuve problemas serios de corazón. Mi espalda no está bien, pero lo que tengo más grave ahora es el corazón.”

–¿No será por los sobresaltos del Nobel?

–(suspira) No me sorprendería en absoluto que el galardón fuera la causa. Cuando ganas este premio –que, por otro lado, es una alegría muy grande–, tu vida cambia por completo. ¡Bang, bang, bang! Es como si te dispararan cada día al suelo y tuvieras que saltar. ¡Bang, bang, bang! Suena el timbre de la puerta, el teléfono, todo el mundo quiere verte… Y tu cuerpo y tu corazón se resienten. Tengo que sentarme a menudo, no puedo subir escaleras…

–Pero, si duerme aquí… ¿dónde escribe?

–¡Tengo el despacho arriba, también! Ahí se ha quedado mi vieja máquina de escribir, esperando que mi espalda mejore y pueda subir a buscarla. Ahora, de hecho, no escribo, sólo doy entrevistas y recibo a gente. Algún amigo –Pinter, Pamuk– ya me había advertido que el primer año después de que recibes el premio no puedes escribir, te lo tienes que pasar atendiendo a la gente. Creía que era una coquetería de escritor, pero ahora veo que es cierto.

La cocina, donde estuvo su hijo Peter durante la entrevista. En esta desordenada mesa, Doris Lessing lee y consulta la correspondencia rodeada de papeles y medicamentos para el dolor.

Lessing acaba de entregar una nueva novela a su editor, titulada Alfred y Emily (los nombres de sus padres), que se publicará en mayo en Gran Bretaña. “Trata sobre cómo sería el mundo si no se hubiera producido la Primera Guerra Mundial. Mis padres fueron víctimas de esa guerra, él perdió su pierna, pero lo importante es que la contienda destrozó sus vidas. En la primera parte del libro, planteo lo que hubiera sucedido si esa guerra no hubiera tenido lugar. Por ejemplo, no hubiéramos tenido la revolución rusa ni la Unión Soviética ni el Tercer Reich ni el holocausto, y tampoco a Hitler o Lenin ni, por supuesto, la Segunda Guerra Mundial.” Pero no se trata de una novela de grandes acontecimientos históricos porque, “sobre todo, muestro la vida cotidiana de las gentes, especialmente la de mis padres, que hubieran podido llevar una existencia corriente. Como contraste, la segunda parte del libro es lo que sucedió realmente, y le aseguro que los lectores van a llorar, como yo misma lloré cuando la escribía, he pasado un momento terrible con esta obra... Es muy antibélica, muestro cómo la guerra aniquila la vida de la gente sencilla. Aparece mi padre, que hubiera sido granjero en Essex, ese era su sueño, y mi madre, muy buena e inteligente, organizando todo tipo de actividades humanitarias”.

–¿Y usted? ¿Qué hubiera sido de usted?

–No aparezco. Nunca nací. Tampoco mi hermano.

Tiene muchos recuerdos de su padre, pero, sobre todo, “que estaba loco. Sólo bebía agua que hubiera estado largo tiempo expuesta al sol, colocaba su cama de modo que fluyeran por su cuerpo las corrientes eléctricas que venían de los polos, y sólo podía vivir en una casa con paja en el suelo para no recibir las emanaciones de los minerales de la tierra. ¿Qué le parece?”.

Apasionada de la mística sufí, defiende una visión sincrética de las religiones. “Si leemos, uno tras otro, todos los libros del Antiguo Testamento, los evangelios apócrifos, el Nuevo Testamento y el Corán, nos daremos cuenta de que todos tratan de a misma gente, de las mismas historias, como si fueran diferentes relatos de la mitología griega. Es decir, se puede ver el judaísmo, el cristianismo y el islam como una única religión en diferentes estadios o pasajes. Pero todos ellos están muy celosos el uno del otro, y todos aseguran ser la única religión verdadera. Yo escribí Shikasta utilizando los textos de todos esos libros, porque los musulmanes también hablan de Jesús y María. Utilicé todo eso para crear un nuevo mundo yo misma, con planetas, imperios galácticos, el diablo, los dioses…”

Políticamente, afirma que “palabras como izquierda o derecha no significan ya demasiado para mí. Contemplo la política como un gran drama, una representación con algunos momentos buenos, como cuando su rey Juan Carlos impuso la democracia en España frente al golpismo de ultraderecha. ¡Maravilloso! Pero, con los horribles Bush y Tony Blair, sólo hemos tenido malos momentos. Con Gordon Brown hemos mejorado, no porque sea brillante, sino porque era imposible estar peor”. Vería con buenos ojos que los demócratas se hicieran con la presidencia de EE.UU., aunque opina que Barack Obama “no duraría mucho como presidente, tengo varios amigos en Estados Unidos que piensan que si gana, lo van a matar. Es algo sorprendente para un europeo, ¿verdad?, creer que pueden asesinar a tu presidente, pero muchos americanos están convencidos, y eso es inquietante, porque nadie piensa, por ejemplo, que Bush esté en peligro de muerte, a pesar de las barbaridades que ha hecho”.

Lessing cuenta, sonriente, cómo una vez, en los setenta, un miembro del comité Nobel se le acercó y le dijo, en un tono frío: “Usted no nos gusta, nunca ganará el premio”. “Fue por mis posiciones críticas respecto al movimiento feminista, me dijeron que mi posición era muy escandalosa. Yo vivía una situación muy embarazosa, porque, aunque simpatizaba con la causa feminista, nunca pretendí apoyarla al escribir mis libros y, a partir de El cuaderno dorado (1962), todo el mundo me tomó como estandarte del feminismo, recibí cientos de cartas de mujeres que se habían convertido en militantes tras leer mi libro. Era frustrante porque ningún crítico se molestaba en opinar si la novela le parecía bien escrita o no, sólo se hablaba de algunas ideas que aparecían en ella, y se hacían interpretaciones extravagantes que todo el mundo daba por buenas. He tenido desacuerdos con las feministas de los sesenta, que eran muy dogmáticas. Por ejemplo, no me gusta que repitamos lo que han hecho siempre las mujeres: sentarse en la cocina y quejarse de los hombres: ‘Ha dicho esto’, ‘no ha dicho lo otro’, ‘el otro día se portó como si no tuviera sentimientos’… esa letanía estéril que se ha repetido a lo largo de la historia y que algunas han convertido en su modelo. También difiero de esa idea tan sentimental de que las mujeres son más pacifistas: la señora Thatcher condujo, con eficaz salvajismo, una guerra contra Argentina. Mire, en realidad, el mejor aliado de la libertad de las mujeres ha sido la ciencia, que inventó la píldora anticonceptiva, y máquinas como la lavadora.”

A pesar de que ha narrado como nadie las sutilezas del amor, confiesa que “el amor romántico no es lo mío”. Bromea sobre sus malas experiencias con hombres negros (“¡uno me duró tres minutos!”), y apunta que “contra el mito, los hombres ingleses son los más románticos del mundo, porque los encarcelan en internados de muchachos a los siete años, donde noche tras noche sollozan añorando a su madre. No hay nada como esa privación prematura de la madre para crear seres que se enamoren drástica y repetidamente de personas inasequibles. Sin embargo, cuando por fin encuentran pareja, son los mejores amantes, los más inteligentes y divertidos”. Lo que le fascina del enamoramiento es “esa razón por la que dos personas pueden sentirse instantáneamente tan atraídas, los científicos aseguran que es genético, pero yo soy incapaz de hallar un patrón común a los hombres que he amado”. Lo que sí tiene claro es una cosa: la pasión no disminuye con la edad, y por eso escribió De nuevo, el amor (1996), subyugante relato de los encendidos sentimientos de una dramaturga de 60 años hacia dos hombres mucho más jóvenes. En ella, la protagonista “ve cómo la edad se va volviendo una cuestión importante, aunque siente el amor como cuando era joven, y eso es un desastre para ella. Aunque también existen muchas personas que se enamoran de alguien mayor, pero la sociedad no lo comprende”. Ella misma, admite, “al llegar a la mediana edad, me di a la bebida; me sentía abandonada, no deseada, y me bebía cada día media botella de whisky hasta que, una vez, al ir a gatas al lavabo a vomitar, me dije: ‘Doris, tienes que parar’… y paré. Fueron sólo unos cuatro meses de ­alcoholismo”.

La lluvia arrecia, de repente, tras los vidrios de la desordenada –pero fascinante– casa de Lessing, en la que los papeles y los trastos siguen ahí, amontonados como si un perturbado genio hubiera estado alborotándolos. Los pájaros del jardín han dejado de cantar. La gata blanquinegra deambula por las escaleras. “¡Nos hacemos viejas, Yum Yum!”, clama Lessing, que le puso el nombre por un personaje de la ópera cómica Mikado. “¡Esto de la edad es terrible, amigos!”, dice riendo la escritora, en el zaguán de su casa, con una energía contagiosa que parece desmentir el contenido de su frase.

Libros para el tercer mundo

Lessing aprovechó el discurso de recepción del premio Nobel para hacer campaña por el envío de libros a los países en vías de desarrollo, su última y apasionada cruzada. "Todos los gobernantes hacen que sus gobernados nos avergoncemos de ellos alguna vez", afirma, al recordar con furia que el Gobierno laborista ha recortado fondos para la Book Aid International (BAI), una organización que promueve la literatura en los países del Tercer Mundo exportando libros de segunda mano. La propia autora se ha implicado personalmente en la organización de un sistema para llevar libros a las aldeas más polvorientas y remotas, porque "los escritores no surgen en casas vacías de libros", y todo el mundo debería poder optar a desarrollar su potencial creativo.

Su descripción de la realidad de Zimbabue y de la importancia de la lectura para que los jóvenes mantengan la esperanza ha llevado a la editorial Harper Collins a donar 10.000 títulos a las escuelas de la antigua Rhodesia del Sur. Para la Nobel, en Zimbabue "todo el mundo pide libros", pero "las escuelas no tienen material escolar y los profesores tienen que guardarse la tiza en el bolsillo para evitar que la roben", mientras que en Occidente, "los libros formaban parte de la cultura general", pero hoy los alumnos prefieren los ordenadores e internet. Lessing acusa directamente al presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, de privar a la gente de la posibilidad de comprar libros o escribir para mantener su "horrible reino del terror".www.bookaid.org

“No somos muy buenos con los que son diferentes”

Lessing ha reflejado “la épica femenina” y “una civilización dividida”, según el jurado de la Academia Sueca. Si ella tuviera que escoger cuál es el tema predominante en sus obras, responde que “las relaciones entre gente diferente, los contrastes de sexo, cultura, raza, edad, intereses…”. Es una autora que, para horror de críticos como Harold Bloom, alterna sus novelas consideradas serias con las de ciencia ficción. “Es todo lo mismo –argumenta–. Un escritor tiene una idea y busca un camino para desarrollarla. Si has de narrar una historia que sucede dentro de millones de años, no puedes decir: ‘Él salió de la cocina, se sentó mientras un rayo de sol iluminaba su rostro a través de los visillos y sorbió su taza de té recién hecha’”. Sus páginas están pobladas de gente que no puede seguir el ritmo de nuestra sociedad. “No somos muy buenos –opina– haciendo que los que son diferentes se adapten. Los cuidamos mal, no los miramos de forma adecuada, somos desagradables, crueles e hirientes con ellos.” De entre sus más de 40 títulos, ella ha seleccionado para el Magazine:


• La hierba crece (1950). Su primera novela. Describe la relación entre una granjera blanca y su sirviente negro.

• El cuaderno dorado (1962). El punto de vista de Anna Wulf sobre los hombres, el sexo, el comunismo, África, Jung…

• Memorias de una superviviente (1974). En un mundo horrible, una mujer debe criar a una niña.

• Shikasta (1979). Inicio de su popular serie de ciencia ficción.

• La buena terrorista (1985). Visión irónica acerca de una terrorista del IRA.

• El quinto hijo (1988). Thriller psicológico en que una pareja tiene un hijo inquietante.

• De nuevo, el amor (1997). Una mujer de 60 años experimenta fuertes sentimientos amorosos".



Post publicado por Pilar Pérez


domingo, 17 de febrero de 2008

HORA TRAS HORA, DÍA TRAS DÍA

Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigias,
Como torrente que se despeña
pasa la vida.
Devolvedle a la flor su perfume
después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que una tras otra besándola expiran
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabad su armonía.
Tiempos que fueron, llantos y risas,
Negros tormentos, dulces mentiras,
!Ay!, ¿en dónde su sastro dejaron,
En donde, alma mía?
Rosalía de Castro

Post publicado por Trinidad